Growth · Prospección · Cierre
A mí, donde me pongan un chuletón al punto… eso es imbatible. — Pedro Sánchez
Si estás leyendo esto, prefiero que lo sepas desde ya: no hablo en mayúsculas. Ni lleno el aire de siglas que no entiende ni mi abuela.
He trabajado en ventas, pero no soy un loro con guion. Porque si algo tengo claro es esto: nadie confía en quien solo habla.
La clave no está en decir más. Está en saber cuándo callar para escuchar de verdad.
Me siento con cada cliente. Le hago tres preguntas clave y me meto en su conversación mental: ¿Qué necesitas de verdad? ¿Dónde te aprieta el zapato? ¿Qué pasaría si no haces nada?
Me gusta vender cuando sé que estoy resolviendo algo real. No empujo lo que no compraría yo.
Ventas consultivas con pymes y autónomos. Un campo abonado para el humo: muchas agencias aparecieron solo para firmar rápido, entregar poco y desaparecer. Yo me quedaba.
El dueño de tres barberías me dijo que Google ya le traía clientes. Le pregunté cuándo había mirado sus perfiles por última vez. Las fotos estaban desfasadas, nadie respondía las reseñas. Una semana después firmamos un contrato para un semestre.
Cada cliente era un mundo: casa, tejado, consumo, subvenciones, desconfianza. Cerrabas cuando sabías responder a todo. Y cuando sabían que no les estabas vendiendo, les estabas orientando.
También me gano la vida vendiendo mis propios servicios a pymes que yo mismo capto. Prospectar es una de las partes que más disfruto. Y descualificar rápido a quien no encaja es tan importante como cerrar a quien sí.
Durante años fui crupier y me pasé muchas noches viendo a gente jugarse el sueldo. Sin querer aprendí una cosa que ningún máster enseña:
Hasta que un día, el juego cambió.
6 de marzo de 2018. Era mi primer día de vacaciones. Un salto en la playa. Y fractura cervical en la C5.
Estuve cerca de no volver a levantarme de la cama. Si Ramón Sampedro hubiera tenido mi suerte, Amenábar no tendría un Oscar por Mar adentro.
Ahí entendí que el cuerpo se repara… pero la cabeza hay que entrenarla. Cambié los turnos de noche por la estrategia de día. Pasé del casino al marketing, con la misma disciplina de cuando entrenaba natación en Lanzarote.
Tengo terminados el máster de growth marketing y el de inteligencia artificial. El de embudos de ventas sigue en proceso. Pero mi forma de trabajar no la define un certificado.
Lo que no se mide, no se puede mejorar. Por eso pruebo. Por eso fallo. Por eso aprendo. Y por eso sigo.
Para anticipar. Pensar tres movimientos antes de hablar.
Para recordar que no todo se gana hablando.
Leo cada día. A veces una novela me dice más sobre la gente que un manual de ventas.
Una buena pregunta vale más que un funnel entero.
Cuando lo que vendes es bueno y tú sabes venderlo, la recompensa llega sola. Vender deja de ser una presión. Se convierte en una palanca.
Creatividad y estrategia. Análisis con intuición. Duda fértil con hambre de claridad.
Y cuando todo se complica, pienso en ella. Mi madre.
Murió un 9 de enero con 60 años. Sin despedida. Solo silencio.
Ella me enseñó algo sin decirlo nunca: que el enemigo a veces eres tú. Y que lo importante no es no caerse… Es no mentirse cuando estás en el suelo.
Si has llegado hasta aquí, ya me conoces un poco. Quizás hasta te ha apetecido un buen chuletón.
Si crees que podemos ir a algún sitio juntos, dime cómo te gusta el tuyo.
Al punto. O bien hecho.